La hija del Adelantado
La hija del Adelantado La única persona a quien se descubrió Peraza, fue la camarera de doña Leonor, Melchora Suárez, la que no tuvo poco susto cuando se le apareció el que ella consideraba como difunto de muchos días. Con trabajo logró el doctor tranquilizarla y convencerla de que no era una fantasma del otro mundo, sino el mismo herbolario en carne y hueso el que le hablaba. Peraza apeló al más convincente de los argumentos, poniendo en manos de la interesada doncella un bolsillo lleno de oro, con lo que aquella hubo de persuadirse de la existencia, real y efectiva del generoso doctor. Una vez comprobado que Peraza era el mismo de siempre, se trató de encontrar un medio de introducirlo en la habitación de doña Juana, servicio que ofreció recompensar con una dádiva aún más liberal, después de mucho meditar el caso, Melchora encontró la solución de la dificultad, recordando haber oído a su tío cierta historia de una entrada secreta que tenían las piezas ocupadas a la sazón por doña Juana, y que se había hecho, no recordaba con qué motivo, cuando se construyó el palacio, con intervención del mayordomo. Buscose con empeño la puerta perfectamente oculta por la tapicería, y al fin hubo de darse con ella. Caía a unos cuartos por entonces deshabitados, y por medio de una escalera, también oculta, se bajaba al patio interior, que tenía puerta al jardín, que daba al campo. Fácilmente se hizo Melchora de la llave de esta puerta y la entregó al herbolario, que pudo así introducirse dos veces en el Palacio y llegar hasta el dormitorio de la joven, sin que persona alguna lo advirtiese. La primera fue bajo los fuertes aguaceros y la recia tempestad, que contribuyeron a hacer más romántica la aparición del herbolario. Él iba decidido a apoderarse de doña Juana; pero la llegada de la camarera de ésta, impidió la ejecución de aquel designio. Más afortunado la segunda vez, pudo Peraza, a favor del espanto que causó su sola presencia a doña Juana, y dándose la apariencia de una alma de la otra vida, ejecutar el rapto. Perdido el conocimiento, la sacó del Palacio, y montando en un ligero caballo que tenía, preparado cerca de la puerta que daba al campo, en un momento llegó a su casa. Cuando doña Juana volvió en sí, se encontró con el obscuro subterráneo, a donde la condujo el herbolario.