La hija del Adelantado
La hija del Adelantado Sin vacilar un momento respecto a la elección del punto por el cual debía comenzar sus trabajos, desde el día siguiente se apostó en una esquina por donde debía pasar la vieja criada de Agustina de Córdova, al volver del mercado. Saludábala cortésmente el anciano, y ella se pagaba no poco de las atenciones del criado predilecto del señor Gobernador. Del saludo diario se pasó al fin a la conversación, y a los cinco días, la señora Margarita (que así se llamaba la dueña) y el señor Rodríguez charlaban como dos amigos íntimos, refiriéndose mutuamente la vida y milagros de sus amos. Las confidencias del taimado viejo se reducían a cosas insignificantes, a las cuales daba mucha importancia, por referirse a grandes señores; y en cambio, ella iba poniendo a Rodríguez al corriente de algo que no había pretendido averiguar.
Así, supo la pasión del Secretario Robledo por Agustina, los celos que aquel había tenido del médico Peraza, la escena del escondite, la salida por la pared la noche en que iba a verificarse la evasión de los Reyes indios y la circunstancia de haber acompañado la viuda, en traje de caballero, al herbolario. Pero desgraciadamente, todas aquellas noticias, si bien muy interesantes, no eran precisamente lo que el anciano deseaba saber, por lo que se propuso continuar sondeando a la comunicativa dueña.