La hija del Adelantado
La hija del Adelantado Rodríguez, entre tanto, viendo que pasaba el tiempo y que no parecía Robledo, ardía en deseos de verse libre y se desesperaba al ver la dificultad de conseguirlo. Registró la sala de arriba abajo y no encontró medio alguno de escapar. La ventana estaba guarnecida por un fuerte balcón de hierro, y la puerta habría resistido al empuje de cualquier hombre más vigoroso todavía que el anciano. De la sala pasó a la alcoba, que no tenía puerta al corredor y la recorrió también muy despacio. Cerca de la cama vio una llave y por su tamaño calculó sería la de la puerta de la calle, lo cual le consoló en parte, advirtiendo que si lograba escapar del encierro, no tendría ya otro obstáculo con qué luchar para salir. Redobló, pues, los esfuerzos de su imaginación, y al fin de tanto cavilar, creyó haber encontrado el medio de recobrar la libertad.