La hija del Adelantado
La hija del Adelantado Había en el dormitorio de Agustina un armario grande, que casi tocaba con el techo. Rodríguez acercó una mesa y colocó encima una silla y subió sobre el armario, hizo esfuerzos para levantar alguna de las tablas del desván; pero desgraciadamente todas estaban fuertemente clavadas. Entonces, con su daga, arma de que jamás se desprendía y que había tenido especial cuidado de llevar aquella noche, comenzó a horadar una tabla. Al principio de la operación en el momento en que Robledo salía de la casa, esto es, hacia las nueve de la noche. A las doce, después de tres horas de incesante trabajo, el anciano había abierto un agujero por el cual podía introducir cómodamente la cabeza. Pero eso no bastaba. Era necesario continuar hasta abrir una cavidad suficiente para dar paso a todo el cuerpo. Siguió, pues, la obra con el mayor empeño, y a eso de la una y media, había abierto un hueco por el cual podía introducir los hombros. La dificultad estaba pues, allanada. Radiante de alegría, Rodríguez bajó del armario, tomó la vela que por cierto estaba próxima a concluirse; volvió a subir e introduciéndose por el agujero, se encontró en el desván. Conociendo perfectamente la estructura de las casas de la clase de la de Agustina Córdova, el anciano calculó que siguiendo por el desván, llegaría hasta dar sobre la cocina, que no estaría entablada, y que hallando algún arbitrio para bajar al suelo, sin la menor dificultad se encontraría ya en los corredores, pues no era probable hubiesen cerrado con llave la puerta de la cocina. Animado con aquella esperanza, iba avanzando, alumbrándose con la moribunda luz del cabo de vela que llevaba en la mano. Repentinamente se encontró detenido y sin poder dar un paso más. Había topado con una de esas obras de albañilería que se construyen sobre las paredes maestras y que llamamos mojinetes. El anciano estuvo a punto de desesperarse y casi resolvía ya abandonar la empresa y retroceder; pero tocando la pared, advirtió que no era de una construcción sólida, y que se desmoronaba con facilidad. Cobró ánimo y haciendo uso de la daga, comenzó a abrir un nuevo agujero. El hierro encontraba menos obstáculos que los que lo había opuesto la tabla del desván, y al cabo de una hora estaba abierto un boquerón por el cual pasó Rodríguez. Desgraciadamente, al terminar aquella operación, la luz se extinguió y el anciano quedó completamente a obscuras. Sin desalentarse por eso, continuó su marcha, caminando a tientas y con mucha precaución temiendo dar con las vigas de la cocina, donde la falta del entablado podría precipitarlo de arriba abajo. Pero por fortuna vio de repente una indecisa y débil claridad, por la cual fue guiándose hasta llegar sin riesgo ni estropiezo, a la orilla del envigado de la cocina. La claridad, que había ido deshaciéndose más y más pronunciada, a medida que avanzaba el anciano, era producida precisamente por el fogón, que Margarita no había cuidado de apagar aquella noche, enteramente ocupada como se hallaba con los graves acontecimientos que ocurrían en la casa. Rodríguez fue pasando de una a otra viga, hasta situarse encima del poyo de la cocina, no lejos del fuego. Calculó la distancia y tomando en cuenta la altura del poyo y la de su propio cuerpo, con los brazos levantados, comprendió que asiéndose de la viga, sus pies vendrían a quedar como a una vara del piso del poyo. El cálculo era exacto. El anciano pudo, pues, descender sin la menor dificultad, y en un momento se encontró en la puerta de la cocina, que efectivamente estaba abierta. Cuando Rodríguez pasó al corredor de la casa, serían las tres de la mañana. Agustina, sentada en un sillón delante de la puerta de la sala, velaba al prisionero, y Margarita, no lejos de ella, se había quedado dormida.