La hija del Adelantado
La hija del Adelantado ¡Júzguese cuál sería la sorpresa de la viuda al ver delante de sí al que ella consideraba tan bien guardado en el encierro! Lanzó un grito que despertó a la vieja al ver aquella figura, creyó sería cosa de la otra vida y se santiguó dos o tres veces. Rodríguez, sin decir palabra, se dirigió a la puerta de la calle, sin que las dos mujeres se atreviesen a oponerse a su paso. Abrió y salió a buscar el papel, que dejaba atrás, bien seguro en el seno de Agustina. ¡Así se aleja el hombre, frecuentemente del objeto de su anhelo y pasa junto a él, sin que una voz interior le advierta de la proximidad de lo que realizaría sus más ardientes esperanzas!
Buscó y rebuscó en vano por todas partes, y cuando se hubo convencido de que no estaba ya el papel, se encaminó sin pérdida de tiempo al cuartel de los arcabuceros. Habló al oficial de guardia, mostrole la orden de prisión contra Agustina Córdova y le pidió cuatro soldados para ejecutarla. No puso dificultad el oficial, en vista de la firma y sello del Adelantado; y Rodríguez, seguido de los arcabuceros, volvió a toda prisa a casa de Agustina. La puerta permanecía abierta, pues la viuda y Margarita no habían cuidado de ir a cerrarla aturdidas con la sorpresa que les causó la evasión del anciano. Así, pudo este entrar hasta donde se hallaba la viuda, cuya inquietud era visible.
—Conducid a esta mujer, dijo Rodríguez.