La hija del Adelantado
La hija del Adelantado —No he olvidado, Leonor, dijo don Pedro, la altura de tu origen, ni digo que tu linaje pueda ceder a otro alguno. Te hablo del mayor lustre que recibirá mi casa y sobre todo, deseo reflexiones en la posición que me la creado el compromiso contraÃdo con don Francisco. ¿Has visto alguna vez que el astro del dÃa retroceda en su carrera?
—¡Jamás! contestó doña Leonor, con acento melancólico.
—¡Jamás! repitió don Pedro. DÃgote, pues, que antes verÃas volver atrás a ese astro, con el cual me ha comparado la imaginación de tus compatriotas, que a don Pedro de Alvarado retirar la palabra dada a un caballero. En cuanto a la sentencia de los jueces del campo, añadió, la considero hija mÃa, injusta, si bien tengo la seguridad de que don Francisco de la Cueva ha procedido conforme a su conciencia. Asà lo juzga también él mismo, Portocarrero, y se somete a ella.
—¿Portocarrero consiente en dar la satisfacción que se le exige? preguntó la joven, asombrada.
—SÃ, contestó don Pedro; consiente en darla, y yo no puedo oponerme, una vez que él cree debido acatar la decisión de los jueces.