La hija del Adelantado
La hija del Adelantado —¡Alma generosa! exclamó doña Leonor. ¿Y queréis que no lo ame?, padre mÃo ¡Cuánto más grande no es don Pedro, aparentemente vencido, que sus enemigos en su menguado triunfo! Señor: cuanto soy y tengo a vos os lo debo. Vuestra voluntad ha sido y es mi ley. Como siempre obedeceré en todo. Hay, sin embargo, una sola cosa en la cual ni vos ni yo misma podemos mandar. Permitid que vuestra desgraciada hija lleve a cabo su resolución. Si vos habéis dispuesto de mi mano, yo he entregado mi corazón y seré, perdonad que os lo declare, o de Dios, o de él.
Dicho esto, la joven tomó la mano al Adelantado y besándola tierna y respetuosamente, salió del gabinete y volvió a su habitación.
Don Pedro la siguió con una mirada que expresaba la más profunda simpatÃa; y después de haber permanecido largo rato pensativo, ordenó al paje de servicio llamase a Robledo.
El Adelantado y su Secretario se encerraron para despachar los negocios del gobierno, y doña Leonor hizo llamar a su amiga doña Juana de Artiaga, antigua y única depositaria de aquel secreto, guardado por tanto tiempo y, que a la sazón habÃa dejado de serlo para todas las personas que componÃan la pequeña corte de los Gobernadores de Guatemala.