Areopagitica

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No he de negar que sea del mayor momento en la Iglesia y la república fijar vigilante mirada en la conducta de los libros al igual que en la de los hombres; y por tanto confinarlos, encarcelarlos y administrarles la más severa justicia como malhechores. Porque los libros no son cosas absolutamente muertas, antes contienen una potencia de vida que los hace tan activos cuanto el espíritu a cuya progenie pertenecen, y lo que es más, conservan, como en redoma, la más pura extracción y eficacia de la inteligencia viviente que los engendrara. Sé yo que son tan vivaces y vigorosamente medradores como aquellos dientes fabulosos del dragón; y desparramados acá y acullá pueden hacer brotar gentes armadas. Y con todo, por otra parte, y como no se usare de cautela, matar un buen libro es casi matar a un hombre. Quien a un hombre mata quita la vida a una criatura racional, imagen de Dios; pero quien destruye un buen libro, mata la razón misma, mata la imagen de Dios, como si dijéramos por el ojo. Hartos hombres no pasan de carga para el suelo; pero un buen libro es la preciada vitalísima sangre de un espíritu magistral, adrede embalsamada y atesorada para un vivir más duradero que la vida. A decir verdad no hay cúmulo de años que una vida puedan retornar, en lo que tal vez no se pase de pérdida leve; y giros de centurias no recuperan a menudo una perdida verdad, de antiguo rechazada, por cuya falta naciones enteras vienen a parar en el sino más desastrado.


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