El paraíso perdido
El paraíso perdido Si Paraíso perdido debiera leerse sólo, o principalmente, como el intento por parte de Milton de superar, mediante un nuevo lenguaje y una nueva temática épicos de naturaleza espiritual, la vieja épica heroica de orden marcial y violento, asociada aquí a los Demonios, habría que concluir que la obra es poco menos que un fracaso. A la grandeza de la épica clásica, que forma el tejido de los dos primeros libros, el autor sólo consigue oponer una mediocre y abstracta teología; y este fracaso poético pone de manifiesto la falta de vitalidad creativa de la doctrina que, aparentemente, Milton quería consagrar. No desautoriza nunca tanto un poeta a un conjunto particular de ideas como cuando pone en evidencia su esterilidad artística; y esto es, en última instancia, lo que ocurre aquí, no cuando se compara el Infierno y los Demonios con los mundos divino y humano, sino justo a la inversa. Aurobindo Ghose expresa esta idea al escribir: «No hay en ningún lugar un comienzo más magníficamente logrado que en la concepción y ejecución de su [de Milton] Satán e Infierno; en ningún lugar ha habido un retrato más poderoso del espíritu viviente de la revuelta egoísta, caído a su elemento natural de oscuridad y dolor y, sin embargo, sostenido todavía por la grandeza del principio divino del que nació, incluso tras haber perdido la unidad con él y enfrentándosele con disonancia y desafío. Si el resto de la épica hubiera sido igual a sus libros iniciales, no habría existido un poema mayor en toda la historia de la literatura y pocos habrían sido tan grandes como él»[12].