El paraíso perdido

El paraíso perdido

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Un existencialismo reconocible para nosotros porque el Dios al que se enfrenta el Ángel Independiente en el Paraíso perdido no es el Dios de las más altas especulaciones humanas ni de las más sublimes experiencias místicas; es el mismo concepto de Dios (el Dios de la religiosidad popular, de la religión de Estado) contra el que ha debido luchar el hombre occidental moderno para llegar a ser lo que es, porque no habría podido insistir en el desarrollo de su plena individualidad sin poner en cuestión y rebelarse contra una ley heredada de las eras ancestrales de la superstición, que petrificaba los conceptos de hombre, mundo y Dios con definiciones establecidas a perpetuidad. Por más desesperada que sea su lucha contra toda forma de heteronomía, por más condenada al fracaso, ese hombre (y ese Ángel) está obligado a afirmar su individualidad, su individualidad trágica, por la propia inclinación de su naturaleza. Éste es también el nexo que une al héroe épico-trágico griego con el Satán miltónico y el hombre fáustico de la modernidad. El Milton promotor de los derechos del individuo y de la formación de la consciencia autónoma, el Milton enzarzado con pluma y panfleto y tratado contra la monarquía, la opresión y la Iglesia papista, anglicana o presbiteriana, no podía dejar de expresarse en la composición de Paraíso perdido, aun en el caso de que en última instancia atribuyamos el poema a la parte más devota de su personalidad. Si ese Milton libertario se expresó, no tuvo para hacerlo otra voz que la de Satán; y ése es el Milton que sigue estando vivo para nosotros. Somos herederos suyos y de las revoluciones que aplaudió o que inspiró (la inglesa, la americana, la francesa…), no del teólogo puritano que también fue.


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