El paraíso perdido
El paraíso perdido Porque ¿quién es este Dios, al fin y al cabo? Es un ser cuya preocupación suprema es la propia gloria. Está tan enamorado de su gloria que no puede concebir la existencia de sus criaturas más que como un acto continuo de alabanza y de obediencia a su persona. Está tan pagado de su gloria que, puesto que se proclama la Causa Primera de todas las cosas, teme que se le reproche ser la causa también de la imperfección de sus criaturas. Y, porque teme ese reproche, lo primero que hace ese Dios en el poema es lanzarse a un largo discurso exculpatorio en el que trata de convencemos de que la causa del pecado de insumisión —en Ángel u hombre—, y por tanto la responsabilidad del demoledor castigo con el que responde este Omnipotente, reside en un mal uso de la libertad por parte de los seres creados:
Pues el hombre escuchará sus tretas halagüeñas [de Satán]
Y pronto quebrará el solo Mandamiento,
Sola prenda de obediencia: así caerá
Él y su infiel progenie: ¿y de quién la falta?
¿De quién, sino la suya? Tuvo de mí el ingrato
Todo cuanto pudo; justo y recto yo le hice,
Bien capaz de resistir, mas libre de caer.
Así creé a todos los etéricos Poderes,
Los Espíritus, los que aguantaron o cayeron: