El paraíso perdido
El paraíso perdido Y en solemne adoración al suelo arrojan
Sus coronas de amaranto y oro entretejidas,
Amaranto imperecible[150], flor que un día
En el Paraíso junto al Árbol de la Vida
Despuntó, mas pronto por la ofensa humana
Fue portada al Cielo, donde creció primero,
Y florece, sombra de la Fuente de la Vida,
Y allá por donde el Río del Gozo, al cruzar el Cielo,
Su corriente de ámbar entre Flores aplaya Elíseas,
Jamás marchitas, pues con ellas los Espíritus Electos
Sus radiantes bucles lían, tejidos de centella.
Ahora, esparcidas las guirnaldas, el brillante
Pavimento, que fulgiera como mar de jaspe,
Con la púrpura sonríe de rosas celestiales.
Luego, coronados otra vez, las arpas toman,
Siempre melodiosas, que les cuelgan al costado
Cual aljabas rutilantes y, con dulce preámbulo
De arrobada sinfonía, introducen
Su cantar sagrado, incitando a excelso rapto:
Voz ninguna calla, pues ninguna voz
Discuerda, armonía tal en los Cielos reina.
A ti primero, Padre, te cantaron: Todopoderoso,
Inmutable, infinito, inmortal,
Eterno Rey; a ti Autor de todo ser,