El paraíso perdido
El paraíso perdido Manantial de Luz, tú, invisible
En el glorioso resplandor en que te sientas,
En el Trono inaccesible; y cuando velas
El exceso de tus rayos, y a través del aura
De las nubes como altar radiante en torno a ti,
Tu orla transparece, oscura de fulgor,
Tanto ciega al Cielo que los Serafines más fulgentes
Se allegan sólo con las alas amparándose los ojos.
A ti te cantaron luego, el primero en toda la Creación,
Hijo Concebido, Divinal Similitud,
En cuya faz conspicua, y sin nubes
Que la oculten, brilla el Padre Omnipotente,
A quien nadie puede ver; en ti impresa
La efulgencia de su gloria habita,
Trasfundido en ti su vasto Espíritu reposa.
Por ti el Cielo de los Cielos Él creó,
Con todos sus Poderes, y por ti abatió
A las ávidas Dominaciones[151]: tú el día aquel
El Trueno tremebundo de tu Padre no excusaste,
Ni las ruedas de tu carro detuviste que, flamígeras,
La estructura eterna del Empíreo estremecieron