El paraíso perdido
El paraíso perdido De sus sueltas mechas; él, dichoso al tiempo
Por su hermosura grande y sumiso encanto,
Sonrió de amor supremo, como Jove
Le sonríe a Juno, cuando nubes preña
Que derraman flor de Mayo; y tocó su labio marital
Con besos puros. El Demonio se apartó
De envidia, mas con celos de pérfida lascivia
Los miró al soslayo y en silencio se quejó:
«¡Vista odiosa, torturante! Así estos dos,
Emparadisados en abrazo mutuo
—Edén aún más feliz—, tendrán porción
De dicha en Dicha, mientras yo padezco en el Infierno,
Donde no hay amor ni dicha y sí feroz deseo,
Entre todos los tormentos no el menor,
Que siempre insatisfecho de nostalgia se consume y duelo;
Mas recuerde yo lo que sus bocas
Destaparon; pues parece que no suyo es todo:
Ahí fatal un Árbol hay que llaman de la Ciencia
Y vedado el fruto tienen: ¿Ciencia prohibida?
Sospechoso, insensato. ¿Por qué habría su Señor
De envidiarles eso? ¿Puede ser pecado conocer,
La muerte puede ser? ¿Resisten ellos pues