El paraíso perdido
El paraíso perdido En el aire pesan, y le muestra al navegante
De qué punto del compás cuidarse
De los vientos bravos. Con premura pues aquél empieza:
«Gabriel, tu sino a ti te otorga la misión
Y estricto cargo de que en este sitio afortunado
Nada malo pueda entrar o aproximarse;
En el apogeo de este mediodía, llegó a mi esfera
Un Espíritu con celo, parecía, de saber más
De las obras del Altísimo, y sobre todo el hombre,
Última imagen del Señor: le describí su ruta,
Presurosa, y observé su curso aéreo;
Mas en el monte situado al norte del Edén,
Donde primero se posó, enseguida le noté miradas
Que, al Cielo extrañas, enturbiaba sórdida pasión.
Mis ojos lo siguieron todavía; en las sombras
Lo perdieron ya: alguno de la turba desterrada,
Temo, llega aventurado del abismo
Con repuesta inquina: tú procura hallarlo».
Y el guerrero alado así le respondió:
«Uriel, que tu perfecta vista en el círculo radiante