El paraíso perdido
El paraíso perdido Ni el manso atardecer, ni la noche silenciosa
Con su pájaro solemne, ni el andar bajo la Luna,
Ni los astros titilantes, nada es dulce sin ti.
Mas ¿por qué la noche toda brillan éstos, para quién
Su gloria, cuando el sueño nos cerró los ojos?».
Nuestro ancestro colectivo replicó:
«Hija de Dios y el Hombre, íntegra Eva,
Ésos su carrera concluirán, en torno de la Tierra,
Mañana por la tarde, yendo de un país por turno
A otro, aunque a naciones que aún no existen:
Para darles preparada luz se ponen y levantan,
Que la entera oscuridad no recobre por la noche
Su pasada posesión y extinga toda vida
En la natura y en las cosas. Estos fuegos dóciles
No sólo las alumbran: con calor amable
De influencia varia, templan y fomentan,
Nutren o moderan, o derraman parte
De su astral virtud en todas las especies
De la Tierra, que así la perfección mejor reciben
Del rayo más potente de este Sol.