El paraíso perdido
El paraíso perdido Impávidos, no obstante, pronto lo abordaron:
«¿Qué Espíritu rebelde de los condenados al Infierno
Viene así, escapado de prisión? Y transformado
¿Por qué sentado ahí como enemigo en guardia
A la cabeza aguardas de estos dos que duermen?».
«¿No me conocéis? —repuso aquél, ahíto de desprecio—
¿Así no conocéis al que una vez tuvisteis por tan alto
Que no osabais ascender adonde él holgaba?;
Que no me conozcáis desconocidos os delata,
Entre toda vuestra turba los más bajos; o si conocéis,
¿Por qué inquirís y empezáis superfluos
El mensaje, que acabará seguro igual de vano?»
Y al desaire con desaire respondiendo, así Zefón:
«No supongas, sublevado Espíritu, tu forma igual
O tu fulgor sin merma para ser reconocido
Como cuando estabas en el Cielo, erguido y puro;
Pues tu gloria, al cesar de ser benigno
Te dejó y ahora a tu pecado te pareces
Y al lugar de tu condena, inmundo y tenebroso.
Mas ven, pues has de responder sin falta