El paraíso perdido
El paraíso perdido A aquel que nos envía y cuyo cargo es mantener
Intacto este lugar y a éstos libres de perjuicio».
Así habló el Querube y a su grave reprensión,
Severa en juvenil belleza, añadió invencible
Gracia: azorado el Demonio se quedó,
Sintiendo qué sublime es la bondad, y vio
Qué bella en su figura la virtud, la vio y penó
Su pérdida; mas sobre todo al percibir aquí,
Visiblemente, su fulgor dañado; impasible no obstante
Pareció. «Si he de contender —repuso—
Mejor con el mejor, quien manda no el mandado,
O con todos a la vez: más gloria que ganar
O menos que perder.» «Tu miedo —dijo audaz Zefón—
Nos ahorrará probar qué puede el más pequeño,
Solo, contra ti, ruinoso por ser ruin.»
Abrumado por la rabia se calló el Demonio,
Mas cual corcel fogoso refrenado, fue engallado,
Masticando su bocado férreo: pelear, partir al vuelo
Lo tenía por bien vano: un pavor de lo alto le apagaba
El ánimo, indómito si no. Ahora se acercaban