El paraíso perdido

El paraíso perdido

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Dicho esto no pausó, sino con brazo temerario

Arrancó, probó. Un frío horror me recorrió al oír

Palabras tan audaces rubricadas con audacia tal;

Mas él, arrebatado: “Oh divino fruto,

Dulce por ti mismo y aún más dulce así cogido,

Prohibido aquí, parece, cual si sólo apto para Dioses,

Mas capaz de convertir en Dioses a los Hombres:

¿Y por qué no en Dioses a los Hombres, pues el bien,

Cuanto más se extiende, crece más fecundo

Y el Autor recibe más, no menos, honra?

Ven, feliz criatura, bella Eva angélica,

Participa tú también, dichosa como eres

Más dichosa habrás de ser: más digna, no es posible.

Prueba de esto y, desde ahora entre los Dioses,

Diosa sé tú misma, no a la Tierra limitada:

A veces, cual nosotros, vive por los aires,

Otras sube al Cielo, por tus méritos, y ve

Qué vida ahí los Dioses tienen, y tú vívela también”.

Diciendo esto vino a mí y me ofreció,

A los labios me ofreció, parte de ese fruto

Que arrancara; el sabroso aroma placentero


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