El paraíso perdido
El paraíso perdido Así alegró a su bella esposa y ella se dejó
Mas, silenciosa, una lágrima gentil cayó
De cada ojo, que enjugó con el cabello;
Dos preciosas gotas más, dispuestas cada una
En su presa cristalina, antes de caer,
Besolas él cual nobles signos de apacible contrición
Y pío turbamiento, que temiera haber faltado.
Todo claro así al campo se apresuran.
Mas primero, justo tras salir al aire libre
De las sombras protectoras de su techo arbóreo
Y ver el nuevo día, el Sol, que apenas levantado
Con las ruedas aún rozando[208] el borde del océano,
A la Tierra paralelo disparaba su rorante rayo
Descubriendo, vasto panorama, todo el este
Del Jardín, y del Edén los llanos venturosos,
Se postraron adorantes y empezaron
Sus plegarias, que rendían dóciles al alba
Con estilo vario, pues ni vario estilo
Ni sagrado rapto les faltaban para loa
Del Creador, en aptos sones dichos o cantados,
Espontáneos: tan súbita elocuencia
Les fluía de los labios —prosa o verso numeroso[209]—