El paraíso perdido

El paraíso perdido

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¡Salve, oh Señor universal! Sé siempre generoso

En darnos sólo el bien; y si la noche

Ha amasado mal o engaño, tú dispérsalo

Cual la luz dispersa las tinieblas ya».

Así rezaron, inocentes, y pronto recobraron

Sus pensares firme paz y calma acostumbrada.

Luego a su rural trabajo matinales se apresuran

Entre dulces flores y rocíos, donde alguna fila

De frutales muy frondosos alargaba demasiado

Su ramaje consentido y exigía manos que cortasen

Infructíferos abrazos; o la vid guiaban

A casarse con el olmo; ella, desposada, enrosca

En torno a él sus brazos maritales y consigo porta

Dote —los racimos adoptados— que las hojas orna

Infértiles del árbol. Ocupados de esta forma,

Los miraba con piedad el alto Rey Empíreo,

Y a Rafael llamó, Espíritu amistoso que marchó

De viaje con Tobías y guardó sus nupcias

Con la moza de los siete esposos malogrados.

«Rafael —le dijo—, oyes tú en la Tierra qué revuelo


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