El paraíso perdido
El paraíso perdido Tras cobrar encargo: de entre medio de los miles
De Ardores Celestiales[213], donde estaba
Trasvelado por sus alas fúlgidas, saltó ligero
Y voló por el Empíreo; los coros de los Ángeles,
Partiéndose a su paso, dieron vía a su premura
A través de las celestes rutas, hasta alcanzar
Las Puertas de los Cielos, que se abrieron solas
Y rotaron en sus goznes áureos: tal los hizo,
Y divinamente, el Arquitecto soberano.
Desde allí, sin nube que moleste su visión
O estrella intercalada, aunque mínima, avista,
No distinta de otros globos refulgentes,
Nuestra Tierra y el Jardín de Dios, de cedros coronado
Allá en los montes. Así de noche el cristal
De Galileo observa, menos inconcuso,
Países figurados y regiones en la Luna;
Así un piloto al ver surgir, en medio de las Cicladas[214],
A Delos, Samos, cree vislumbrar
Un punto nebuloso. Hacia allí con vuelo prono
Se apresura y el vasto etéreo cielo surca
Entre mundo y mundo, el ala firme
Ahora en los polares vientos, ya con rápido viraje
Aventa el aire dúctil; hasta que en alturas