El paraíso perdido
El paraíso perdido Se recreaba, primeriza, exhibiendo a voluntad
Su virgen fantasía, derramando su dulzura
Por encima de arte o regla, beatitud inmensa.
Arribando por el bosque perfumado a Rafael
Adán discierne, que a la puerta reposaba
De su fresco nido, mientras ya subido el Sol
Lanzaba rectos rayos férvidos por dar calor
Al núcleo de la Tierra, más que Adán precisa.
Y Eva dentro, a esta hora preparaba
Los sabrosos frutos, de ese gusto que complace
Al auténtico apetito, sin agriar el sorbo intercalado
De nectáreas libaciones, de melífera corriente
O de bayas, uvas. Mas Adán así la llama:
«Pronto, Eva, ven y mira, digna de tu vista
Entre aquellos árboles al este, qué gloriosa forma
Viene de camino, parecida a un nuevo amanecer
Al mediodía. Gran recado puede que nos traiga
De los Cielos y quizás acepte en este día
Ser huésped nuestro. Pero date prisa
Y de lo que tenga tu despensa vierte copia,
Apta para honrar y recibir al celestial viajero;
Bien podemos ofrecer a nuestros bienhechores
De sus propios bienes y dar con largueza