El paraíso perdido
El paraíso perdido De lo dado largamente, donde la Natura multiplica
Su fecundo crecimiento y, despojada, se hace
Más fructífera, enseñándonos a prodigar».
Eva respondió: «Adán, de tierra molde santo
Que inspiró el Señor, despensa escasa basta
Donde siempre ya madura hay despensa en ramas;
Menos de eso que, en frugal despensa,
Gana fuerza nutritiva y disipa la humedad superflua.
Mas voy aprisa, y de cada arbusto y rama,
Cada planta y calabaza más jugosa, tales frutos
Cogeré por agradar a nuestro angélico invitado
Que confiese al verlos que, aquí en la Tierra,
Dios ha prodigado dones dignos de los Cielos».
Dicho esto con mirada presurosa se despide,
Inmersa ya en hospitalarios pensamientos:
Qué delicias escoger por deleitar mejor,
En qué orden sucesivos para no mezclar
Sabores imperfectos, no elegantes, y llevar
De un gusto a otro con el más selecto cambio;
Esto, pues, la ocupa y de cada tierno tallo
Todo eso que la Tierra, alma Madre, ofrece
En las Indias al oeste[217] o este o, en medio,
El Ponto, o costa púnica, o donde
Alcínoo reinaba, frutos de cualquier especie,
De corteza dura, piel suave, concha,