El paraíso perdido
El paraíso perdido Solo par, que por obsequio soberano tiene
Este amplio territorio, a reposarte allí,
En aquella umbría, y gustar lo que el Jardín ofrece
De mejor cobijo o fruto, hasta que este resistero
Pase y, más fresco, el Sol decline».
A lo que la Angélica Virtud repuso dulce:
«Adán, por eso vine; no es tu hechura tal,
Ni la de este sitio donde moras,
Que no invite —aunque Espíritu del Cielo—
A visitarte; guía pues al resguardo de las sombras,
Que estas horas meridianas, hasta caer la tarde,
Son enteramente mías». Así al silvano nido
Llegan ellos; éste como oasis de Pomona[218] les sonríe
Cubierto de capullos y fragancias; pero Eva
Descubierta salvo de ella misma, más hermosa
Que una Dríade[219] o la más hermosa Diosa figurada
De las tres que en monte Ida contendieron nudas[220],
Se dispuso a agasajar al huésped célico. Virtuosa,
No requiere velo; no hay infirme pensamiento