El paraíso perdido
El paraíso perdido Que le altere la mejilla. A quien el Ángel «¡Salve!»
Dice, el saludo santo que más tarde
A María, la segunda Eva, honraría.
«Salve, Madre de la Humanidad, de fértil seno
Que este mundo colmará de hijos más cuantiosos
Que estos frutos tan variados ofrecidos a tu mesa
Por los árboles de Dios.» Herboso lomo era
Pues la mesa, con musgoso asiento alrededor,
Y en su amplia superficie, de extremo a extremo,
El otoño se apilaba, aunque otoño y primavera aquí
Andaban de la mano. Charlan ellos por un rato,
Sin temer comida fría; cuando al cabo así comienza
Nuestro autor: «Viajero empíreo, prueba si te place
De estos dones que el Nutricio Padre —de quien
Todo bien perfecto torrencial desciende—,
Por comida y por deleite, a la tierra
Incita a dar; insípido alimento, acaso,
Para seres numinosos: sólo esto sé,
Que un Padre Celestial a todos da».
A lo que el Ángel: «Y por ello lo que da
(Cantemos siempre su alabanza), para el hombre,
Espiritual en parte, puede que lo encuentren