El paraíso perdido
El paraíso perdido Presentes tan variados en deleites nuevos
Que podrían compararse al Cielo. Y no creas
Que a probarlos me hallarás remiso». Se sentaron pues
A las viandas y no sólo en apariencia
O niebla el Ángel, glosa muy común
De los teólogos[223], sino con avidez intensa
De hambre verdadera y digestivo ardor
De transubstanciación; lo redundante lo transpiran
Fácilmente los Espíritus; no es raro, pues,
Si por fuego de carbón el empírico alquimista
Puede convertir, o cree posible hacerlo,
Los metales más impuros en perfecto oro,
Como de la mina. Mientras, Eva a la mesa
Les servía desnuda y sus copas afluentes[224]
De licores gratos coronaba. ¡Oh inocencia
Digna del Edén! Entonces sí —si alguna vez—
Se excusaran los amores de los Hijos del Señor[225]
Por la mujer; pero en estos corazones
Un amor reinaba no libidinoso y celos
No existían, el infierno del herido amante.
Así, tras contentar, no hartar, sus cuerpos
De manjares y bebidas, una idea súbita surgió
En Adán: que no perdiese la ocasión,