El paraíso perdido
El paraíso perdido Que el gran encuentro le ofrecía, de saber
De cosas trascendentes y del ser de aquellos
Que en los Cielos moran, de excelencia que veía
Superar la propia, y cuyas formas luminosas
—Divinal fulgor— y altísimo poder de tal manera
Excedían los humanos. Su discurso precavido,
Pues, así al Ministro Empíreo dirigió:
«Cohabitante del Señor, ahora bien comprendo
Tu favor en esta gracia dada al hombre
Bajo cuyo techo humilde te has dignado
Reposar, gustando de estos frutos terrenales,
Pábulo no de Ángeles, mas aceptado así,
Cual si mejor dispuesto no pudieras parecer
En los ágapes del Cielo. ¿Cómo, sin embargo, comparar?».
A lo que el Jerarca alado replicó:
«Oh, Adán, un solo Omnipotente hay
De quien procede toda cosa y a él retorna,
Si no pierde la virtud; creado todo bien capaz
De perfección y todo de materia una primordial:
Dotado de distintas formas, varios grados
De substancia y, en las cosas vivas, de la vida;
Pero más acrisolada, numinosa y pura
Cuanto más cercana a Él o más proclive
A su propia esfera activa, asignada a cada una,