El paraíso perdido
El paraíso perdido Entre flores reposados, de capullos coronados,
Comen, beben y en afable comunión
La inmortalidad apuran y la dicha —libres
De la hartura, donde plétora jamás es demasía—
Ante el Almo Rey, que con mano pródiga
Vertía, gozándose en su gozo. Ahora,
Cuando ambrosial la noche, con sus nubes exhaladas
Desde el Monte del Señor, de donde luz y sombra
Brotan ambas, el semblante del Empíreo transformó
En crepúsculo dichoso (pues la noche allí no llega
Como negro velo) y rosáceos los rocíos a todos incitaron
—Menos Dios, de insomnes ojos— al reposo,
Por los vastos llanos, mucho más inmensos
Que esta Tierra orbicular en plano desplegada
(Tales son las cortes del Señor), la multitud angélica,
Dispersa en bandas y legiones, extendió su campamento
Cerca de vivientes ríos, entre Árboles de Vida:
Pabellones incontables, elevados de repente,
Celestiales tabernáculos, en que dormía