El paraíso perdido
El paraíso perdido De fogosos Querubines y broqueles áureos;
Luego de su trono fastuoso descendió, pues
De hueste a hueste ya no había más que un soplo,
Intervalo atroz, y frente contra frente
Se tenía en formación terrible
De espantosa longitud. Ante la vanguardia nebulosa,
Justo al filo del combate, antes de trabarse,
Satanás con sus zancadas vastas y altaneras
Avanzó imponente, de diamante armado y oro.
Tal imagen no podía soportarla Abdiel,
Allá entre los más grandes, ávido de enormes gestas,
Y así su corazón impávido explora:
»“¡Oh Señor! que semejante calco del Altísimo
Perdure todavía, donde fe y realidad
No quedan ya; ¿por qué la fuerza y el poder
No fallan fallando la virtud, mostrándose más febles
Si insolentes, aunque de estampa inconquistables?
Fiando en la ayuda del Altísimo, el poder
He de probar de aquel cuya razón probé
Falsaria y frágil; no es sino sólo justo
Que quien vence al debatir de la verdad,