El paraíso perdido
El paraíso perdido O bien cuerpos vaciados hechos ya de roble o pino,
Sin ramaje, derribados en montaña o bosque):
Bronce, hierro, pétrea masa, si sus bocas
De hórrido orificio, vueltas vastas a nosotros
No anunciasen hueca tregua. Y detrás de cada pieza
Había un Serafín con una caña que en su mano
Tremolaba, con pináculo de fuego. En suspenso
Los miramos, nuestras mentes distraídas;
No por mucho, pues sus cañas de repente todos
Extendieron por tocar conducto angosto
Con el roce más ligero. Al instante en llamas,
Pero pronto envuelto en humo, todo el Cielo pareció,
Eructados por aquellos artefactos gargantudos
Que con rugido escandaloso el aire destriparon
Desgarrando sus entrañas, vomitando inmundo
Su diabólico atracón: encadenadas balas[243] y granizo
De balones férreos que, apuntados a los víctores,
Con furia golpearon tan impetuosa
Que ninguno, si alcanzado, resistió de pie
—Firmes como rocas, si no— y cayeron
Por millares, Ángeles rodando contra Arcángeles