El paraíso perdido
El paraíso perdido Enseguida (mira la excelencia, el poder
Que Dios fijara en sus potentes Ángeles)
Las armas arrojaron y a los montes
(Pues la Tierra de los Cielos tiene tal diversidad:
Placer que dan los montes o los valles)
Raudos como rayos ya corrieron ya volaron
Y, zarandeando sus cimientos hasta aflojarlos,
Arrancaron las montañas con su lastre entero,
Rocas, aguas, bosques, levantándolas
Por las hirsutas cimas con las manos. Pasmo,
Ten por cierto, y pánico al ejército rebelde poseyó,
Cuando vieron pavorosas acercarse contra ellos
Las raíces de los montes vueltas del revés,
Que en la triple hilera de malditos artefactos
Luego caen, sepultando bien profunda
Su confianza bajo el peso de las moles;
Ellos mismos siguen, y reciben sus cabezas
Grandes promontorios arrojados que su sombra
Por los aires dilataban y abatían las legiones por entero.
Al daño cooperaban sus corazas, que aplastaban,
Machacadas, su substancia presa, provocándoles dolor
Inexorable y más de un grito atormentado,
Peleando largo rato bajo tierra por librarse