El paraíso perdido
El paraíso perdido Ordenando no afligirnos, salvo si nosotros
La buscamos con pensar errático y nociones vanas.
Mas la mente y fantasía son proclives a vagar
Sin freno, y de su vagar no hay término;
Hasta que advertida o por tanteo aprende
Que no el vasto conocer de cosas
Muy remotas, escondidas y sutiles, sino eso
Que delante hallamos, en la vida cotidiana,
Es sabiduría principal: el resto es humo,
O vacío, o ilusoria impertinencia,
Y en las cosas importantes, poco prácticos
Nos torna, inaptos, siempre inquiridores.
Descendamos pues de pináculo tan alto
A región más baja, para hablar de cosas útiles,
Cercanas, de las que mención acaso surja
De algo que no sea impropio preguntar,
Con tu permiso, y que tu sólito favor otorgue.
Te he oído relatar las cosas ocurridas
Previas a mí mismo: óyeme contar
Mi historia ahora, que quizá tú desconozcas.
Y el día aún no termina: hasta entonces ya ves tú
Con qué excusa tan sutil intento retenerte,
Invitándote a escuchar mi narración, que fuera
Desatino, si tu réplica yo no esperase.