El paraíso perdido
El paraíso perdido Pues sentado aquí contigo, en el Cielo me imagino,
Y más dulce le resulta a mi oído tu discurso
Que los frutos de palmeras a la sed y el hambre
Que contentan, terminada la labor, a la hora
Del festín: pues éstos sacian y enseguida llenan,
Aunque gratos, pero tus palabras, que divina gracia
Colma, no traen con su dulzura saciedad».
Respondió Rafael con celestial afecto:
«No torpes labios tienes, padre de los hombres,
Ni tampoco lengua inelocuente: Dios en ti
Sus dones ha vertido en abundancia,
Dentro y fuera, oh su imagen bella.
Hables o enmudezcas, toda gracia y hermosura
Te acompaña y cada frase, cada gesto crea.
Y de ti en los Cielos no pensamos menos
Que cual nuestro cosirviente, e inquirimos
Con placer en lo que Dios reserva al hombre:
Porque vemos que el Señor te honra, dando
Al hombre amor igual. Prosigue entonces,
Pues el día aquel sucede que estuve ausente,
Consagrado a un viaje raro y tenebroso,
Travesía muy distante, a las Puertas del Infierno.