El paraíso perdido
El paraíso perdido Toda la legión marchaba (tal mandato el nuestro)
Para ver que nadie, espía o enemigo,
Del lugar partiera mientras Dios creaba,
Que, colérico por tan intrépida estampida,
No mezclase con creación la destrucción.
No es que aquéllos sin su venia intenten nada,
Mas nos manda a sus misiones eminentes
Por boato, como Rey Supremo, y por habituarnos
A obediencia presta. Bien hallamos, bien cerradas,
Las funestas Puertas y atrancadas fuertemente;
Pero oímos dentro mucho antes de llegar
Ruido, diferente del sonido de canción o danza,
De tormento, de lamento grande y furiosa rabia.
Contentos reascendimos a las costas de la Luz
—Así se nos mandara— antes del atardecer del Sabbath.
Pero ahora, tu relato; pues escucho tus palabras,
Que me placen tanto como a ti las mías».
Esto dijo la divina Potestad; repuso nuestro padre:
«Contar el hombre cómo se inició la vida humana
Es bien arduo, pues ¿quién sabe su principio?
El deseo de contigo todavía conversar