El paraíso perdido
El paraíso perdido En cuanto al uso por este traductor de términos poco comunes o al borde del desuso, invito al lector a vivir la palabra, no como un mero elemento portador de significado, sino como una entidad sonora, emotiva y plástica, al tiempo que semántica. Las cualidades que le servían a Pound para clasificar la poesía —melopoeia o aspecto musical, phanopoeia o aspecto plástico, visual, y logopoeia o aspecto ideático— existen ya embriológicamente, en diverso grado, en cada término autónomo. Desde esta perspectiva, crepúsculo y lubrican, oscuridad y oscurana, tormenta y oraje, carnicería y carnaje, mujer y fémina… constituyen, holísticamente hablando, experiencias literarias distintas. Por otra parte, el recurso a estas alternativas, mucho más allá de su oportunidad o necesidad prosódica, se justifica aunque sólo sea como testimonio contra la corriente de reduccionismo terminológico que amenaza al castellano. Y no sólo porque el común de las gentes y la vida común se hayan resignado a un capital terminológico muy limitado, fecundo en palabras comodín, sino sobre todo a causa de una extendida actitud entre las élites[46] intelectuales que querría acorazar la lengua frente al cambio, condenar expresiones con demasiada rapidez al arcaísmo y al desuso, y negar al hablante la creatividad al nivel mismo de la palabra. En parte causa y en parte consecuencia de todo ello es un uso dogmático y limitado del diccionario, que aun en la deficiente forma que reincide en darle la Academia, constituye una experiencia de lectura inolvidable cuando se contempla como depósito de intemporales riquezas.