El paraíso perdido
El paraíso perdido Su medra caprichosa en traicionamos,
Inclinado a selva. Da consejo, pues, ahora
O los planes que conciba yo primero escucha:
Dividamos las labores; ve tú a donde el gusto
Te conduzca o al lugar que más lo pida,
Ya a empergolar la madreselva, o darle vía
A la ambiciosa yedra; yo entre tanto,
En el brote aquel de rosas entre mirtos
Hallaré qué componer hasta empezar la tarde;
Pues si tan cerca uno de otro todo el día
Disponemos el trabajo, no es extraño que tan cerca
Se interpongan las miradas, las sonrisas, nuevo objeto
Nos incite a coloquio inopinado, que interrumpe
La tarea, así precaria, aunque empezada
Pronto, y la hora de la cena llega inmerecida».
A lo que dócil réplica Adán le dio:
«Eva única, amiga sola, por encima para mí
De toda criatura viva, tan amadas,
Bien propones, bien se emplean tus ideas
En el modo de cumplir mejor el quehacer que aquí
El Señor nos encomienda: no te niegue yo
El aplauso, pues no hay cosa más cordial
En la mujer que el buen cuidado del hogar
Y buenas obras inspirarle a su consorte.