El paraíso perdido
El paraíso perdido Pero no tarea tan estricta Dios impone
Que debamos prescindir, si necesario,
Del refresco, ya alimento, ya el coloquio,
De la mente el alimento, o este dulce canje
De miradas y sonrisas, pues sonríe la razón
Y no lo puede el bruto, y es pábulo de amor,
Que no es el fin más bajo de la vida humana.
Pues no para el incómodo trabajo, sino el goce
Él nos hizo, y el deleite a la razón unido.
Estas sendas y enramadas, nuestras solas manos,
No lo dudes, prevendrán de ensilvecerse
Y amplias mantendrán hasta que manos juveniles
Lleguen pronto como ayuda; mas si mucha charla
Te molesta, a corta ausencia puedo yo rendirme;
Pues soledad a veces es suprema compañía
Y retiro corto a dulcísimo retorno incita.
Pero otra duda me posee, que de mí apartada
Daño alguno tengas; pues conoces
La advertencia, qué enemigo malicioso,
Envidiando nuestra dicha, por la que él perdió
Atormentado, busca hacernos daño, rebajarnos,
Con artero asalto. Y en algún lugar bien cerca
Acecha, no hay duda, ávido por encontrar
Su instante y su ventaja, viéndonos aparte,
Pues unidos cómo habría de engañarnos,
Si inmediata ayuda presta uno a otro al requerirlo.