El paraíso perdido
El paraíso perdido Ya sea su primer designio cercenar
Nuestra lealtad a Dios, o lesionar
El amor que nos tenemos y que acaso excita
Más su envidia que cualquier deleite que gozamos,
Sea esto o cosa aún peor, no dejes el leal costado
Que te dio tu ser, te escuda todavía y te protege.
Cuando acechan el peligro o la deshonra, la mujer
Está mejor y más segura junto al hombre,
Que la guarda, o bien con ella lo peor aguanta».
A quien la virgen majestad de Eva,
Como quien amando topa con inconveniencia,
Respondió con dulce compostura austera:
«Vastago de Cielo y Tierra, de la Tierra toda Dueño,
Que enemigo tal tenemos, empeñado
En nuestra ruina, no por ti lo sé únicamente:
También al Ángel al partir lo oí de lejos,
Desde el rincón en sombras donde estaba
Justo al retornar, cerrándose las flores vespertinas.
Mas que tú por ello de mi fortaleza dudes,
Mi adhesión a Dios o a ti, teniendo un enemigo