El paraíso perdido

El paraíso perdido

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Que acaso me tentase, no esperaba oírlo.

Su violencia no la temes, siendo así que,

Incapaces ambos de la muerte o el dolor,

Podemos no acogerla o repelerla.

Sus engaños temes pues, lo que indica claramente

Tu temor parejo de que mi firmeza fiel y amor

Su fraude pueda seducirlos o hacerlos vacilar:

¿Cómo habitan tales pensamientos en tu pecho, Adán,

Por qué esta desconfianza de quien tanto estimas?».

Con palabras temperantes Adán le respondió:

«Hija del Señor y el hombre, Eva imperecible,

Pues tal eres, libre de pecado y culpa:

No por desconfianza intento disuadirte

De que no te alejes, sino por evitar incluso

El intento mismo, lo que el enemigo se ha propuesto.

Pues quien tienta, aunque en vano, cuando menos

Al tentado con odioso deshonor salpica, suponiendo

Corruptible su lealtad y vulnerable él

A tentación. Tú misma con desprecio

E ira escucharías la propuesta infamia,

Aunque resultase inútil; no desdeñes pues

Que intente conjurar ofensa semejante


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