El paraíso perdido
El paraíso perdido En angosto círculo, cercados por un enemigo,
Ya violento ya sutil, exentos tú y yo por separado
De defensa equiparable, allí donde nos halle,
¿Qué felicidad es ésta, siempre con temor de daño?
Mas el daño al pecado no precede: sólo el enemigo,
Al tentarnos, nos insulta con su indigna estima
De la integridad que es tuya y mía: su indigna estima
No nos mancha de deshonra, sino torna indigna
Contra él mismo; siendo así ¿por qué evitarlo,
A qué temerlo, cuando doble honor ganamos
Demostrando falso su supuesto, paz hallamos dentro
Y el favor del Cielo, que es testigo del evento?
¿Y qué son fe, amor, virtud, sin prueba
En solitario, sin ayuda externa que sostenga?
No pensemos, pues, que este estado venturoso
Lo dejó tan imperfecto el Hacedor universal
Que sea inseguro, separados o en unión.
Frágil nuestra dicha, si esto fuera así,
Y Edén no fuera Edén, si tan desamparado».
A lo que Adán, ferviente, replicó:
«Oh mujer, mejor las cosas cual la Voluntad