El paraíso perdido
El paraíso perdido Superaba en porte y en divina compostura,
Aunque no de aljaba y arco como ella armada,
Sino de aparejos jardineros que arte rudo todavía,
No culpable aún de fuego[275], hiciera, o Ángeles trajeran.
A Pales o a Pomona, así adornada,
Más se parecía; a Pomona cuando huía
De Vertumno; o a Ceres en su albor,
Virgen aún de Proserpina[276], que de Jove tuvo.
Largo rato Adán con ojos ardorosos la siguió
Encantado, anhelando incluso más que se quedase.
No dejó de repetirle que volviese pronto
Y ella, tantas veces cuantas él, le prometió
Que al mediodía estaría nuevamente en el refugio,
Todo bien dispuesto para estímulo
Del meridiano ágape, o de la siesta al resistero.
¡Oh qué errada, qué engañada, triste Eva,
Figurando tu retorno! ¡Execrable evento!
Nunca tú desde esa hora en el Jardín
Hallaste dulce ágape o profundo tu reposo;
Tal acecho oculto entre flores y las sombras
Te aguardaba con diabólico rencor urgente