El paraíso perdido
El paraíso perdido El tallo fino de las flores, cuya testa, aunque gaya
—Encarnadas, púrpuras, azur o en oro graneadas—,
Pendía lánguida, inapoyada: a éstas endereza,
Dulcemente, con mirtina banda, despistada mientras,
Aunque ella misma flor más bella insostenida,
Del mejor apoyo tan lejana, tan cercana al vendaval.
Se aproxima él, cruzando muchas sendas
De entoldado augusto, cedro, pino, palma,
Ya ondulante, ya tenaz, ahora oculto, visto ahora
Entre espesos arbolados y entre flores,
La orladura en cada orilla, obra de Eva:
Lugar más delicioso que esos parques de ficción
De Adonis[277] revivido, o del famoso
Alcínoo, del hijo de Laertes[278] anfitrión,
O aquél, no místico, en que el Rey Sapiente
Amoroso retozaba con su bella esposa egipcia[279].
Mucho admira él el sitio, más a la persona.
Como alguien preso largo tiempo en urbe muy poblada,