El paraíso perdido
El paraíso perdido Donde prietos edificios y cloacas vician el ambiente,
Al salir a respirar al alba en el estío
Entre villas deliciosas, las almunias colindantes,
De cualquier objeto hallado extrae deleite,
El olor del grano, yerba asoleándose, o del ganado,
Leche de las granjas, cada rústico sonido o panorama;
Si con nínfeo paso entonces una bella virgen pasa,
Lo que grato pareció por ella más agrada ahora,
Ella sobre todo, que en su porte suma todo goce.
Tal placer sintió la Sierpe al contemplar
Aquel lugar de flores, el refugio dulce de Eva,
Tan temprano, tan a solas: su divina forma
Angélica, aunque más fina, y femenina,
Su inocencia delicada; cada gesto de ella,
Sus maneras, la menor acción, sobrecogían
Al Demonio y con dulce rapto despojaban
Su fiereza del designio fiero que portaba:
Ese espacio, el Maligno perduró abstraído
De su propio mal y, por un rato, persistió
Estupefactamente bueno, de vileza desarmado,
De artería, odio, envidia y de venganza,