El paraíso perdido
El paraíso perdido Hay mucho de razón y transparece en sus actos a menudo.
A ti, serpiente, bestia más sutil del campo,
Te conozco, pero no con voz humana.
Duplica pues la maravilla y dime,
¿Cómo, siendo muda, te volviste hablante
Y cómo tan cordial conmigo sobre el resto
De la especie bruta que veo cada día?
Di, pues tal milagro exige indagación».
A quien el Tentador artero así repuso:
«Soberana de este mundo bello, Eva esplendorosa,
Fácil me es decirte todo lo que ordenas,
Merecidamente has de ser obedecida:
Yo era antes como otras bestias que pastean
La pisada yerba, de rastreros pensamientos bajos,
Como mi alimento, nada discernía salvo pasto
O sexo, y no aprehendía nada excelso;
Hasta que un día que vagaba por el campo
Vi al azar en la distancia un árbol bueno
Con caudal de frutos de bellísimos colores,
Grana y oro. Me acerqué a mirar;
Un olor sabroso entonces que emanaba de las ramas,
Grato al apetito, más me cautivó el sentido
Que el perfume dulce del hinojo, o las ubres