El paraíso perdido
El paraíso perdido De la oveja o cabra en el ocaso, húmedas de leche,
No sorbidas por caloyo, que prolonga su retozo.
Para dar satisfacción al fiero anhelo que tenía
De probar manzanas tan hermosas, decidí
No dilatarme: hambre y sed al tiempo,
Poderosas persuasoras, avivadas al perfume
De los frutos seductores, me apremiaban tercas.
Al musgoso tronco me anillé enseguida,
Pues bien altas como estaban, esas ramas piden
Tu mayor estiramiento o el de Adán;
Alrededor del árbol otras bestias ansia igual
Mostraban, envidiosas, pero no alcanzaban.
Entre ramas ahora ya, donde plétora colgaba
Tentadora y tan cercana, arranqué y comí
Hasta la hartura, pues placer así jamás,
Ni en fuente o pastizal, hallara antes.
Por fin saciado, no tardé en sentir en mí
Extraña alteración, un cierto grado interno
De poderes racionales, y el lenguaje luego
No esperó, aunque quedé apresado en este cuerpo.
Desde ese instante, a altas o profundas reflexiones
Dediqué mis pensamientos y con mente amplia
Toda cosa examiné visible en las alturas,