El paraíso perdido
El paraíso perdido En la tierra, o en el medio, toda cosa bella y buena;
Pero todo eso bello y bueno yo lo veo unido
En tu imagen divinal y en la celeste luz
De tu hermosura; no hay belleza que a la tuya
Se equipare o se le acerque, tal me indujo,
Aunque acaso inoportuno, a venir, mirarte
Y adorarte, con justicia proclamada
De las criaturas Soberana, Dama universal».
Así animada habló la Sierpe artera y Eva,
Más atónita si cabe, incauta respondió:
«Serpiente, tus lisonjas excesivas dejan duda
Sobre la virtud del fruto, que has probado tú primero:
Pero dime, ¿dónde está ese árbol, crece lejos?
Pues los árboles de Dios en el Jardín
Son muchos, y diversos, pero por nosotros
Ignorados: de abundancia tal podemos elegir
Que deja intacta provisión mayor de frutos,
Siempre incorruptibles en las ramas, hasta que haya
Hombres suficientes y más manos vengan
A ayudarnos que alivien a Natura de sus dones».
A lo que el astuto Áspid, con encanto:
«Emperadora, el camino es corto y hacedero,
Tras un seto de arrayanes, en terreno llano,