El paraíso perdido
El paraíso perdido El Tentador, mas exhibiendo amor y celo
Por el hombre, indignación por el agravio,
Nuevo tono adopta y, cual movido a la pasión,
Fluctúa perturbado, aún prudente, y teatral
Se eleva como a dar comienzo a gran materia.
Como aquellos oradores de renombre, antiguamente,
En Atenas o en la Roma libre, donde la elocuencia
Floreció —después silente—, defendiendo causa grande,
Aguardaba concentrado, mientras cada parte,
Movimiento, cada gesto, le ganaba audiencia
Antes que su lengua comenzase épica: demora
De prefacio no le admite el ansia justiciera.
Así erguido, removiéndose, alzando envergadura,
Apasionado el Tentador así empezó:
«Oh sagrada, sabia, planta que saber otorgas,
Madre de la ciencia, ahora siento tu poder
En mí con claridad, no sólo en discernir
Las cosas en sus causas, sino hallar la vía
De mayúsculos Agentes, sabios que se piensen.
Reina de este Universo, no te creas
Esas amenazas rígidas de muerte, pues no moriréis;
¿Cómo así? ¿Por el fruto? Os da la vida