El paraíso perdido
El paraíso perdido Qué daría en contra de él, si todo es suyo?
¿O es envidia, y podrá morar la envidia
En pecho empíreo? Esta, esta idea y muchas más
Indican cuánto necesitas el hermoso fruto.
Diosa humana, toma de él y, libre, pruébalo».
Cesó y sus palabras, rebosantes de malicia,
Fácil vía al corazón hallaron de la mujer:
Fija el fruto contemplaba, que mirarlo
Ya tentaba por sí solo, y el sonido en sus oídos
Todavía repicaba de la persuasiva labia, embebida
De razón —le parecía— y de verdad.
Mientras, la hora meridiana vino, despertando
El apetito fiero, que le provocaba la fragancia
Tan sabrosa de este fruto, que ya con deseo
—Inclinada ahora como estaba por tocarlo y degustarlo—
Requería su mirada ansiosa; mas, pausando
Antes un momento, meditó para sí misma:
«Grandes tus virtudes, cierto, fruto espléndido,
Aunque negado al hombre, digno de entusiasmo,
Cuyo gusto, postergado tanto tiempo, dio al instante
Elocuencia al mudo y enseñó a su lengua,