El paraíso perdido
El paraíso perdido Lo ha probado no codicia: trae con gozo
El bien hallado, proba autoridad,
Del hombre amigo, lejos de mentira o artimaña.
¿Qué temo, pues? O más bien ¿qué aprendí a temer
Bajo ignorancia tal de Bien y Mal,
De Dios y muerte, ley o punición?
Aquí la cura crece para todo, este fruto que es divino,
Bello para el ojo, que a probarlo invita,
De virtud que vuelve sabio: ¿qué me impide pues
Cogerlo y nutrir al tiempo mente y cuerpo?».
Diciendo así, su mano impetuosa en hora mala
Extendió hasta el fruto, lo tomó, comió:
Sintió la Tierra el daño y en su asiento la Natura,
Suspirando en todo lo que hiciera, dio señal de pena,
De completa perdición. De nuevo al matorral
La Sierpe se escurrió culpable; bien podía, pues absorta
Eva ahora en el sabor, en nada ya pensaba
Diferente: tal deleite nunca antes —parecía—
Degustara en fruto, fuera cosa verdadera
O pura fantasía, efecto de aquella expectativa